lunes, 18 de febrero de 2008

37

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Entro en los 37 a lo grande, rindiendo homenaje al filósofo de Samos y manipulando el tiempo a mi antojo. Lo bueno de cumplir años es que una aprende a distinguir lo urgente de lo importante, en el trabajo y en la vida. Y casi todo lo urgente termina no siéndolo tanto cuando una se encuentra de frente con lo que de verdad importa.
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jueves, 14 de febrero de 2008

TELEFONOS MOVILES

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La Universidad Complutense acaba de publicar un estudio en el que relaciona el uso del teléfono móvil con la fase en que se encuentra una pareja. Cualquiera que me conozca sabe que a pesar de tener un curriculum académico decentillo con un puñadito de títulos, mi opinión sobre la universidad española y más en concreto en mi campo, la Comunicación, deja mucho que desear.

Estudios como éste ratifican mi impresión de que para perder tiempo y dinero público no hay nada mejor que un grupito de recién licenciados embarcados en la redacción de alguna tesis doctoral sobre asuntos tan profundos y trascendentales como el que nos ocupa.

Todos los que hemos vivido el histórico nacimiento del teléfono móvil sabemos que supuso una revolución en las relaciones personales. Se acabaron las tardes eternas haciendo guardia junto al teléfono por si el capullo de turno llamaba. Se acabó disimular delante de madres y abuelas imbuídas en el espíritu de la KGB. Se acabaron los sobornos al hermano pequeño para que cogiera bien los recados.

Sin embargo, como pasó con el tránsito de calimocho al gin tónic o de las camisetas reivindicativas a los bolsos de firma, la liberación de la esclavitud del teléfono fijo trajo consigo una adicción todavía más brutal. Nos hicimos yonkies de los sms. La posibilidad de comunicarnos instantaneamente, en tiempo real, acortó al máximo el margen de respuesta y nos sumió en un estado de ansiedad permanente. Que tire la primera piedra el que NUNCA (he dicho NUNCA) ha mirado veinte veces seguidas el móvil en cuatro minutos por si se le había pasado el aviso de mensaje.

De esta forma, al igual que la historia de las dinastías egipcias se narraba en las tumbas reales, la historia de cualquier pareja se refleja hoy en el historial del teléfono móvil, hasta el punto que pueden determinarse tres fases clarísimas.

En una primera, la del enamoramiento modorro, el teléfono hierve. SMS cursis a cualquier hora, llamaditas a destiempo, correos electrónicos si al menos uno gasta blackberry... y el móvil adosado al cuerpo como si fuera una verruga. En estos tiempos de amor modorro, lo que digas no importa, lo que cuenta es llamar. Llamar mucho, llamar a todas horas, que cada uno sepa que el otro está ahi y no tiene cabeza para nada más que no sea usar el móvil. Olvidarlo en el coche dispara los niveles de ansiedad y un despiste por pequeño que sea, a la hora de enviar la respuesta provoca una hecatombe descomunal.

En una segunda fase, la del amor doméstico, el tema se tranquiliza. El móvil se usa pero a efectos prácticos ("Cariño, llevo media hora esperando" "Puedes comprar tú el pan" "Llegaré tarde. Voy a echar una caña con los amigos") y la factura de teléfono baja sensiblemente para los dos.

En la tercera y definitiva, el móvil se queda mudo. Ya no hay nada que decirse, ni siquiera para discutir. Hasta que de repente, el de uno de los dos, recobra repentinamente la vida. Suena a cualquier hora, saltan los mensajes de madrugada y el aparato vuelve a transformarse en una suerte de extensión corporal. Tarde o temprano, aparece el factor amante. El culpable se aferra al móvil como si le fuera la vida en ello (y de hecho le va), dispuesto a dejarse matar antes que confesar lo obvio o mostar las pruebas que oculta el aparatillo.

La historia comienza de nuevo. Con otros protagonistas, con otros escenarios, pero igual.
¿Y para contar esto, que todos hemos vivido, hace falta una tesis doctoral?

miércoles, 13 de febrero de 2008

PERSONAS TOXICAS


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¿Alguna vez os habeis fijado al entrar en grandes librerías como la FNAC, en que tipo de paisanaje deambula por cada zona temática? Solo con mirar la clase de libros que ojean algunas personas, uno puede más o menos imaginar la vida que llevarán. Se nota a la legua, por ejemplo, quien compra libros habitualmente y quien ha entrado a por algo que regalar. Los primeros, rastrean los estantes como si escondieran el Santo Grial y normalmente salen sonriendo con el volumen que buscaban y par en edición de bolsillo más, mientras los segundos no se aventuran más allá del panel deslumbrante de best sellers y novedades al que se acercan como el mosquito a la luz.

Cuando deambulo entre los pasillos me gusta observar a los compradores de historia y arte, que miran avariciosos ediciones carísimas que casi nunca nos podemos regalar, pero sin duda los que me provocan más curiosidad son los asiduos a la isla de autoayuda. Cuando estudiaba en la universidad, conviví con una gallega adicta a este tipo de publicaciones que entonces empezaban a despuntar en España tras haber triunfado en EEUU y en las ocasiones en que ojeé alguno de ellos, siempre me llevé la misma impresión. Menuda tomadura de pelo.

No obstante, para ser justos, he de confesar que años después fingí estar interesadisima en la obra de Paulo Coehlo, que siempre me ha parecido un brasas, solo por ligar con un hombre que intentó impresionarme haciéndome llegar un artículo del escritor. Afortunadamente, él había mentido tanto como yo y dedicamos al brasileño el tiempo minimo necesario antes de pasar a otros menesteres mucho más interesantes.

Pero hace unos días, leí un artículo sobre PERSONAS TOXICAS que me ha hecho cambiar de opinión sobre algunas de éstas publicaciones. El autor sostiene que a lo largo de nuestra vida nos cruzamos con algunas personas que son como virus. Contaminan todo a su paso, hacen que lo sano enferme y de una forma sibilina van minando nuestras defensas. Seguro que conoceis a alguien así. Es este tipo de personas que nunca jamás hablan bien de nadie, que siempre ven la parte más sucia de la gente, que buscan lo mugriento de las situaciones, que te hacen dudar del resto de personas. Es gente que siempre piensa que hay algo oculto en las intenciones de los demás y que nadie actúa honestamente. Poco a poco, frase a frase, te van ganando para su terreno llenando de interrogantes tu cabeza. Si fueran un dibujo animado, su negativo sería negro y afilado y si hubiera que ponerles un sabor, sería sin duda el de la hiel. Son novios, compañeros de trabajo, presuntos amigos, que pululan a nuestro alrededor sembrando cizaña entre la gente que nos rodea sin que a veces, lo lleguemos a notar.

Se llaman PERSONAS TOXICAS y muy posiblemente conozcais a alguien así. Es más, puede que hoy mismo, hayais hablado con alguna de ellas y seguro que ha intentado hacer de las suyas, una vez más ...



martes, 12 de febrero de 2008

DAÑOS COLATERALES

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De acuerdo, noches de luna, noches gloriosas, de esas que recuerdas toda la vida, pero… ¿y la mañana después?

Bender, una de las personas más sensatas que conozco suele decir que a ciertas edades (las nuestras, claro) el ego extiende talones que el cuerpo no puede pagar. Y es cierto. Uno sale, bebe, baila, no fuma pero traga humo sin talento, desayuna huevos fritos con gin tonic o magdalenas con cerveza, y posiblemente remata la noche en una cama que no es la suya y en la que intenta, al menos y si el índice de alcohol en sangre se lo permite, quedar relativamente bien. En fin, excesos, excesos, excesos…

Y claro, los excesos se pagan. Con más intereses que un crédito rápido. Con cláusulas abusivas que no nos hemos molestado en mirar. Y pasas el domingo hecho un trapo en un sofá del que te levantas solo para llamar a telepizza o bajar la persiana al ritmo del sol. Y el día se transforma en una especie de vía crucis en el que las estaciones son cada uno de los recuerdos de hasta que punto hiciste el idiota la noche anterior. Las copas de más, el sentido común de menos suman y restan cuentas que casi nunca salen bien.

Casi nunca. Si, casi nunca. Porque excepciones las hay y todos las conocemos. Y quizá por eso insistimos cada fin de semana. Quizá por eso la gente sigue saliendo, y bebiendo y perdiendo los papeles, porque sabe de alguien que una noche así termino llegando al cielo. Y como este es un cuento que termina bien, posiblemente sigue ahí.

Al fin y al cabo, ¿que es una resaca si te pilla en el camino de vuelta del paraíso? Y todavía más, ¿que importan los daños colaterales si has aprendido el camino hasta el cielo y piensas volver?

lunes, 11 de febrero de 2008

NOCHES DE LUNA


Lo bueno que tienen las noches, cuando no se duermen, es que una sabe como comienzan pero nunca como van a terminar.

Del Canterbury salimos ocho, con incorporaciones inesperadas como la de Nuei que al final se animó a sumarse a un concierto que pasará a la historia por soso y aburrido. Cierto es que de todos los presentes, pocos éramos fans de grupo y algunos (yo) por motivos poco confesables. 25 años dan para mucho si uno sabe aprovecharlos. Cuando en 25 años el repertorio es el que sonó la noche del sábado, uno debería plantearse si la música de verdad es su futuro. A pesar de todo, conseguirmos salir indemnes del experimento, sobre todo Atila al que no partieron la cara de pura casualidad.

Una cosa llevo a la otra y tras la deserción emprendimos el peregrinaje en busca de un bar, dejando parte por el camino. Una copa después, segunda deserción. Quedaban cuatro. Y de esos cuatro, aún marcharon dos... La noche a veces se alarga hasta el dia siguiente, e incluso, un par de días más. Eso si, los detalles los guarda cada uno y a no ser que alguien confiese, yo no voy a contar más.




viernes, 8 de febrero de 2008

PRINCIPES Y SAPOS. A veces, sucede.

:En un post a mi anterior comentario, noempujeseñora se pregunta que pasa si el príncipe, después de mucho esperar y cuando por fin crees que aparece, termina convertido en rana a los cuatro días. Buena pregunta.
En otro comentario muy certero a mi entrada ETERNAS INSATISFECHAS, antesdedarmepormuertobuscameenelbar, apunta como causas de esta situación el hecho de que a nuestra edad, el mercado esté ya complicado y que nosotras hayamos visto mucho mundo. Estoy de acuerdo con él. Atila con su buen humor habitual, mantiene que a estas alturas, el que no tiene taras, está en un zoo y cualquier mujer que llega sin pareja a los 35 tiene en su currículo sentimental al menos un par de historias con las que poder comparar. Vamos, que si nos fiamos del sentido común y de la estadística pura y dura, en este charco sapos y ranas es lo que más hay.

Sin embargo, sucede que a veces y cuando menos te lo esperas, la vida te sorprende.

Sucede que a veces conoces a alguien que parece especial. Sucede que a veces que tú también se lo pareces. Sucede que a veces, con la excusa más tonta, termináis quedando un viernes por la noche en la sección de libros de arte de la FNAC.

El, que lleva toda la vida pasando por las mismas calles se pierde entre el Casco y la Magdalena. La cena termina siendo un plato de queso en una taberna donde ni siquiera podéis elegir el vino. La película, avalada por las mejores críticas es la más aburrida que habéis visto en años. Y a las cinco de la madrugada, con tantas cosas aún por deciros, tenéis que marchar a casa porque no queda un solo bar abierto.

Sucede que a veces a pesar de todo, resulta una cita estupenda.

Y tú, empiezas a preguntarte dónde está la trampa. Si al besar al príncipe, éste no se convertirá en sapo. Y mientras tú buscas el fallo, seguís hablando a todas horas y saliendo de copas, cenas y cines y haciendo pequeños viajes. Y el príncipe parece cada vez más azul y tú, no paras de mirarle de reojo, esperando ver aparecer el sapo. Y al final, como te sabes el cuento, decides besarlo.

Una cosa lleva a la otra y el beso en la nariz del que hablan los cuentos de hadas se multiplica por mil a lo largo de muchas horas en las que besas cualquier lugar posible por si ahí, estuviera el truco. El debe pensar lo mismo porque te sigue en el juego y entre tantos besos, las horas pasan y el calendario que se alía con un San Valero en martes que os permite olvidaros del tiempo. Y tú descubres que desnudo y pegado a tu espalda, el azul es aún más brillante.

A veces sucede que cuando horas después el hambre o el sentido común os devuelve al mundo de los vivos y a la luz de una tarde de invierno, él sigue siendo azul. Y asi, pasan los días. Y tus reservas se las va llevando el cierzo.

A veces, cuando menos te lo esperas, sucede.

pd. Juro que si al final termina convirtiendose en sapo, también voy a contarlo. Y entonces daré nombres, jajaja.

B.S.O http://es.youtube.com/watch?v=gdZCQPNfEIo

jueves, 7 de febrero de 2008

SOLOS/AS

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Como tiene razón, no es necesario dársela. Mi Compañera de viajes apostilla en la entrada anterior y defiende el derecho a disfrutar en solitario de la vida y a esperar a la persona adecuada. Estoy de acuerdo con ella al 100%.

Para lo que siempre han (hemos) tenido pareja, enfrentarse a la obligación de empezar una nueva vida a solas, tras una ruptura, se convierte muchas veces en un drama descomunal. Volver de viaje y que nadie vaya a la estación a buscarte, llegar a casa y no tener con quien hablar o meterse cada noche en una cama en la que nadie te espera es tan duro que en ocasiones hay quien prefiere prolongar eternamente una relación muerta en la que tampoco hay estaciones ni conversaciones ni amor. Puede parecer absurdo, pero la mera presencia física a veces, es suficiente.

Hay un relato tan breve como desasosegante de Julio Cortázar, "Casa tomada" *** que narra la invasión callada de una presencia desconocida y amenazadora en la vida y la casa de una pareja de hermanos. El silencio, la soledad se comporta a veces de la misma manera. Hay que ser valiente, mucho, para emprender el camino a solas. Hay que cambiar de casa, muchas veces de amigos, luchar incluso con la tentación de volver y sobre todo, hay que aprender a vivir con ese silencio.

Dicen los psicólogos que después de una ruptura, necesariamente debe venir un tiempo de duelo, en el que nuestra cabeza y nuestro cuerpo se preparan para una nueva relación. Descubres que el duelo ha terminado el día que sales a la calle y te descubres mirando al hombre que pasa a tu lado. Si uno tiene suerte, con el tiempo, aparecerá alguien especial.

¿Pero que ocurre hasta que esa persona llega? Hay quien se lanza a recuperar de manera desesperada el tiempo perdido haciendo suya la máxima de la "mancha de mora, con otra verde se quita". Hay sin embargo dos variables en este perfil, los coleccionistas de amantes y los optimistas patológicos de los que ya hemos hablado aquí. Los primero, coleccionan experiencias sexuales. Los segundos, fracasos disfrazados de historias de amor.

En esta época de rebajas, mi Compañera de viajes, apuesta por esperar hasta dar con el par perfecto. ¿Pero como debemos esperar? ¿Compramos cada par de zapatos que se nos presente pensando que quizá nos puedan servir? ¿Nos probamos solo los que más nos gustan por lo que pueda pasar? ¿O esperamos un poquito, unas semanas, unos meses, hasta dar con el par ideal?


*** Si alguien quiere leer el relato, puede encontrarlo en http://www.lainsignia.org/2001/enero/cul_031.htm

miércoles, 6 de febrero de 2008

BIOQUIMICA


El Rocketón me critica en una entrada a un post anterior e insiste de nuevo al cruzar el puente de Santiago mientras me acompaña a clase. Me pide que baje al suelo, al mundo real, que me deje de pajas mentales y filosofías de cama y llame al pan, pan y al vino, vino. De acuerdo. Hablemos pués de deseo, hablemos de sexo e incluso, si me apuras, hablemos de amor.

Pero como cada uno es lo que es, mientras tú me pides Rock and Roll, yo sacaré mis libros. Frédéric Beigbeder publicó hace un tres o cuatro años uno titulado "El amor dura tres años", una obrita presuntamente autobiográfica que arranca con la separación de su mujer, continúa con la boda con la que hasta entonces era su amante y termina con el divorcio de esta última. Y vuelta a empezar. El autor mantiene que sea quien sea el objeto de tu deseo, este no dura más de tres años. El primero, de pasión, el segundo, de costumbre y el tercero, de aburrimiento. El ciclo se repite interminablemente a lo largo de nuestra vida, seamos conscientes o no.

La tesis la comparten las investigaciones bioquímicas que hace apenas 13 años descubrieron que el amor es un proceso que se inicia en la corteza cerebral, pasa a las neuronas y de allí al sistema endocrino, dando lugar a respuestas fisiológicas intensas. El verdadero enamoramiento parece ser que sobreviene cuando se produce en el cerebro la FENILETILAMINA, compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas. Es decir, el cuerpo actua por su cuenta y nosotros poco podemos hacer para resistirnos.

Con eso, es normal que Ortega y Gasset calificara al amor de "Ese estado de imbecilidad transitoria" o que Antífanes, un autor griego del año trescientos y pico antes de Cristo dejara escrito con muy buen criterio "Hay dos cosas que el hombre no puede ocultar, que esta borracho y que está enamorado". Quieras o no, cuando llega no hay quien se resista.

Pero el Rocketón, que es mucho Rocketón se resiste y desecha una tras otras a todas aquellas que se cruzan en su vida. Dice que con sus perros y sus guitarras, tiene la vida resulta, que no quiere que nadie agreda su espacio personal. En esto, se parece en algo a mi Compañera de viajes, que se sienta en la cuneta a verlos pasar, asegurando, mientras comenta las jugadas que ella no necesita a nadie más.

Y yo los miro y sonrío y pienso "ya caeréis, ya".

lunes, 4 de febrero de 2008

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

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Me cuentan que un viejo amigo ha decidido volver a intentar convivir con su ex mujer, de la que se separó hace ahora unos meses después de años de matrimonio. En este intervalo ella lo ha pasado francamente mal, hasta el punto de recurrir a cuidados médicos, mientras él vivia lo que algunos llaman "Síndrome de la camisa amarilla" y que consiste básicamente en pensar que vuelves a tener 20 años sobre todo cuando se trata de ropas, juergas y sexo.

Les deseo toda la suerte del mundo, pero no puedo dejar se ser escéptica con la situación, sobre todo después de haber atravesado alguna situación parecida y vivirlas continuamente a mi alrededor.

¿Tiene arreglo algo que está roto? ¿Se puede recuperar el tiempo pasado? ¿Puedes volver a confiar en alguien que te falló?

Volver a intentarlo con una pareja con la que lo dejaste en su día no deja de ser un ejercicio profundo de generosidad y al mismo tiempo, una muestra de tremendo egoismo. Olvidas aquello por lo que rompiste y te esfuerzas a fondo por conseguir, cueste lo que cueste, que la historia vuelva a andar. Pero... ¿A costa de que? ¿Cuantas cosas hay que dar por olvidadas? ¿Cuantas frases no se pueden pronunciar? Es como convertirse en sordociego de repente y dejar que tan solo te guíe la fe. Pero ¿que es lo que la empuja? Posiblemente, el temor a estar solo, el miedo a lo desconocido, la comodidad de la vida doméstica, lo malo conocido, el egoismo en realidad.

Lo bueno que tenemos los humanos es que somos un compendio extraño de momentos sublimes y rincones miserables que afloran cuando llega la ocasión. Juzgar es imposible si somos incapaces de admitir nuestras propias miserias y nos hacemos con los años expertos en justificar aquello que nos conviene para sostener nuestra propia historia personal.
Los ex tienen un peligro evidente y es que uno tiende a recordar solo lo bueno, las partes bonitas, dulces y entrañables, mientras recluye en el fondo de la memoria lo que nos hizo sufrir. Si en un momento de nuestra vida dejamos de desear a nuestra pareja, si convertimos la casa en un campo de batalla, si claudicamos ante los silecios eternos... por que pensamos que puede haber una segunda oportunidad?
Las personas no cambian. Las situaciones suelen hacerlo para mal. Lo que se pierde, pocas veces se recupera. Y lo que está roto casi nunca se puede reparar.

domingo, 3 de febrero de 2008

TIEMPOS DIFICILES

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Dice el Rocketón que los músicos (y él lo es), para componer buenas canciones tienen que estar pasando necesariamente momentos chungos. Y debe terner razón, porque las mejores canciones de la historia de la música son canciones de desamor.

Lo mismo ocurre en el cine y en la literatura. Las historias que tienen un punto trágico nos hacen llorar como locos y se convierten fácilmente en grandes películas. Las que terminan bien son calificadas inmediatamente de pastelones y pasan a la sobremesa de los sábados en televisión o a las estanterías del videoclub, donde las cogemos con la misma vergüenza que hace unos años se sacaban las pelis porno. Afortunadamente, internet ha venido en auxilio de los aficionados a unas y otras que ya pueden descargarselas en la intimidad de su ordenador sin sentirse como espaldas mojadas cruzando la frontera mexicana.

En la literatura el efecto es todavía más curioso. Las grandes heroínas literarias terminan siempre mal, fatal, y en caso de que no sea así, las condenan a contar su historia bajo una portada en dorados y pastel donde una chica guapísima generalmente vestida de gasas rosas soríe entre los brazos de un señor cachas y de piel morena que todas terminamos relacionando con el guardabosques que enseñó las cosas de la vida a Lady Chatterley. Por cierto, para los que me acusan de haber convertido este blog en una versión aragonesa de Sexo en Nueva York, os recuerdo que Charlotte terminó haciendo trabajar de más al jardinero de su suegra antes de divorciarse.

Sin embargo, cuentan los suplementos literarios que en los últimos tiempos se está dando un fenómeno extraño por el que mujeres independientes, profesionales, de éxito en definitiva, reclaman su derecho a leer novela rosa y ver películas románticas sin avergonzarse. Alegan que bastante dura es su vida real como para tragar una hora de metro cada mañana o llegar a casa tras doce horas de trabajo y además, sufrir con lo que leen. En cierto sentido, no deja de ser algo parecido a la revolución sexual, eso si, cambiando las axilas sin depilar por carísimos sujetadores de encaje y el sexo indiscriminado por el romanticismo.

Y os pregúntareis... ¿A dónde quiere llegar con todo esto?

Pues no es más que una reflexión matemática. Lo avisaba hace unas semanas. Yo no sé que está pasando, si es este tiempo raro de primavera en enero o que Belloch ha echado algo en el agua, pero estamos cayendo como moscas, hasta el punto que si esto sigue así, no van a quedar personas sin pareja en Zaragoza. Asi que queridos, iros poniendo las pilas, porque ante lo que se avecina, lo mejor es estar preparados. Ya sabes, si no puedes con el enemigo, únete a él.

Y el que avisa, no es traidor.