viernes, 29 de febrero de 2008

SALIR LOS JUEVES...cuando una ya no tiene 25

Me contaba esta semana un compañero, que ha pasado de hacer transmisiones deportivas a programas, que a partir de ahora al trabajar de lunes a viernes podrá dejar de salir los martes y por lo tanto de frecuentar el "paisanaje" peculiar que llena los bares en días y horas tan intempestivas. En zonas de esquí, los martes son los dias, o mejor dicho las noches elegidas por monitores y demás para quemar todo lo que pueda quemarse. En Salamanca, como en cualquier ciudad universitaria, salir, salir, lo que se dice salir, se sale todas las noches. En Madrid, las noches de juerga son sobre todo los jueves porque se entiende que los viernes uno escapa por patas a cualquier sitio donde se pueda respirar y en Barcelona, directamente no se sale.





El peligro de salir los jueves es evidente. Uno, queda para una caña rápida y parece que todo se confabula para que, a poco que te descuides, se haga de día. Fiesta de aniversario en el DOMO, un híbrido de no se sabe muy bien que, con la ventaja evidente de estar al lado de casa. Al final, nos embarcamos siete, un rocker, un hombre misterioso, el perejil de las salsas, el que venía del gimnasio y las tres de siempre. Lo bueno que tenemos los de treintaytantos es que nos ponen buen vino, alguna tapa y música de los 80 y el éxito está asegurado.

Como en el fondo soy discreta no contaré nada. Pero ahí quedan las fotos...

jueves, 28 de febrero de 2008

LO SIENTO POR CENICIENTA

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Lo siento por la Cenicienta, pero siempre he pensado que para que una relación funcione con éxito tiene que establecerse a partir de un equilibrio de fuerzas básico que permita que las dos partes se miren de igual a igual. Aún a riesgo de que los defensores a ultranza del romanticismo se líen a tirarme piedras admito públicamente que me cuesta mucho creer que si no existen similares condiciones profesionales, económicas y emocionales entre los dos, cuaquier historia vaya a funcionar.

Los mecanismos del deseo son tan extraños que en ocasiones propician combinaciones absurdas.

En una noche tonta el príncipe se prenda de la chica en un baile sin apenas conocerla (no solo pasa en los cuentos, recordar otro príncipe de la vida real que encontró a la suya en la pantalla de un televisor) e inicia una búsqueda loca en post de la Cenicienta que él ha imaginado. Como está modorro perdido, no ve mas allá que una rubia en un vestido azul celeste. No sabe nada de ella, pero da igual, porque piensa que sus hormonas no pueden equivocarse. No importa que la chica no sea capaz de articular más de tres frases seguidas, que no tenga oficio ni beneficio o que sea dependiente emocional. El amor, piensa el príncipe, todo lo puede.

Mientras, la dulce Cenicienta se ha quedado epatada por el chaval. No solo vive en un pedazo de palacio, sino que anda por ahí buscándola en un coche estupendo y jura quererla de verdad. Ella, que tiene en casa el panorama que tiene, limpiando ceniza y aguantando las faenas de las hermanastras no se lo piensa más, y aunque intuye que el Príncipe es un inmaduro que no ha pegado un palo al agua en su vida, se deja llevar.

Y como pasa en los cuentos, se casan. Y empiezan a vivir juntos en un ala de palacio. Y al poco tiempo, el Principe descubre que Cenicienta es mas bien cortita de conversación y que no la puede llevar a ningún sitio y el furor inicial se va diluyendo. Ella, se aburre como una almeja en un mundo de fiestas que no es el suyo, ha cambiado a las hermanstras por una suegra que es como un ogro y pasa los días soñando con volver a ser una persona normal. El caso es que aunque el cuento no lo explica a los pocos meses, Cenicienta y el Príncipe apenas se hablan y aunque ella no tiene donde ir y él se resiste a admitir que se ha equivocado, terminan yendo a un abogado discreto que tramita un divorcio express.

Vale, principes hay un puñadito y Cenicientas, a montón. Pero si el Hola nos cuenta casi cada semana una historia como esta en cualquier corte europea, ¿cuantas no ocurrirán en el mundo real?

miércoles, 27 de febrero de 2008

EL INFIERNO EN CASA


Somos los periodistas muy aficionados a tirar de estadísticas para destacar titulares, sobre todo cuando estas estadísticas apoyan la tesis que queremos defender. Pero a pesar de estos trucos de oficio, lo cierto es que en las últimas horas cuatro mujeres han muerto asesinadas por sus parejas. Y eso no es un titular. Es un drama.


En todos estos años de profesion he tocado el tema muchas veces en entrevistas, reportajes o programas especiales. Y cuanto más hablaba con psicólogos, terapeutas, víctimas y verdugos, menos conseguía entender como una mujer, como muchas mujeres, son capaces de soportar una media de diez años de tortura antes de dar el paso y denunciar a su agresor. Diez años de desprecios, vejaciones, golpes y palizas. Diez años de infierno en casa.


Dicen los expertos que no hay un perfil, ni para ellos ni para ellas y que las ideas preconcebidas fallan casi siempre. Que no es cierto que se trate siempre de alcoholicos o drogadictos, que los malos tratos no son patrimonio de las parejas sin educación, que hay mujeres profesionales de éxito que son torturadas cada día por hombres que no valen nada, que un violento en casa no suele serlo fuera. En lo que si coinciden es que hay sintomas previos que permiten ya en las primeras fases de una relación saber por donde va a ir el camino. Y ese camino va directo al infierno.


Miro a mi alrededor, miro a mis amigas, a mis compañeras de trabajo, me miro en el espejo y me resulta imposible imaginarme a cualquiera de nosotras en una situación asi. Pero también sé que las estadísticas dicen que quizá alguna de ellas tenga el verdugo en casa, ese verdugo que se convierte en encantador ante los demás. Y lo peor es que ella tardará una media de diez años en dar el paso e intentar salir del agujero. Eso, en el mejor de los casos, porque desgraciadamente alguna de ellas, ni siquiera lo podrá contar.

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lunes, 25 de febrero de 2008

Amanece en Castejón de Sos.


Me llama la atención un lector en el post anterior al indicar que en cuestiones de “relajación” del interés, la cuestión no está en el sexo, sino en la persona. Y tiene toda la razón. Sé que tiro piedras sobre mi tejado, pero admito que nosotras somos las primeras que muchas veces bajamos el nivel cuando parece que la plaza está ganada y todo comienza a rodar solo.

En este sentido recuerdo conversaciones entre amigos y amigas “desparejados” con los que hablábamos de la pereza que provoca a veces embarcarse en una nueva relación por el nivel de estrés que supone mantener lo que se supone que debe ser el nivel. Me acuerdo entonces de esas modelos estupendas que juran en las revistas que lo único que hacen para tener esa pinta es beber mucha agua y dormir ocho horas diarias, mientras nosotras, las fulanitas de a pié nos matamos de hambre, gastamos una pasta en cremas para casi cualquier parte del cuerpo y vivimos amarradas al calendario de depilación.

Con las relaciones pasa lo mismo. Que sí, que habrá algunos privilegiados de la naturaleza que sean sublimes 24 horas al día, que no tengan malos ratos, ni ronquen, ni suden cuando hace calor, pero me temo que los demás tenemos días buenos, malos y regulares, nos levantamos con pelos de bruja y sufrimos síndrome premenstrual. Y uno/a puede tratar de ocultarlo o disimularlo durante algunas semanas, pero al final, lo que hay es lo que hay. Y es entonces, cuando los príncipes y las princesas, pierden el brillo y empiezan a desteñir

Y todo esto viene a que a estas alturas, ando ya algo mosqueada porque pasan las semanas y el príncipe no solo no se convierte en rana, sino que cada día brilla más.

viernes, 22 de febrero de 2008

CAMPAÑA ELECTORAL

Arranca la campaña electoral y durante quince días, los candidatos andarán de aquí para allá haciendo kilómetros como locos intentando convencernos de que durante la próxima legislatura van a terminar con nuestros problemas. El día 9 uno de ellos ganará las elecciones y durante cuatro años, se tumbará a la bartola hasta que de nuevo, la cita con las urnas le haga reaccionar. Y entonces, una vez más y durante quince días de campaña, vuelta a la carretera, vuelta a las promesas y vuelta a intentar recuperar en apenas dos semanas lo que no hicieron en cuatro años.

Es la ley de la selva.

Con los hombres, muchas veces, pasa lo mismo. Cuando conoces a alguien y quiere impresionarte, echa toda la carne en el asador. Todo es poco para demostrar que es el rey de la jungla y que nadie se le puede comparar. Una vez que marca su territorio, su interés se empieza a relajar. El fútbol que juraba nunca le había importado, le empieza a interesar. Lo de afeitarse dos veces al día para no hacerte polvo la cara se convierte en un recuerdo y aquellos viajes románticos de los fines de semana se terminan por siempre jamás. Hasta que de repente, algo cambia y el rey ve amenazado su territorio.

Puede ser que descubra un animal nuevo en la selva que te empieza a rondar o simplemente que alguien le advierta de que cualquier dia te vas a largar. Entonces, le ve las orejas al lobo y comienza su particular campaña electoral. Y todo vuelve a empezar. Y así nos pasamos la vida. Y una piensa que si dicen que la democracia es el menos malo de los sistemas posibles, quizá también pueda ser aplicable a las relaciones personales. En lo bueno y en lo malo, incluso, si me apuran en la campaña electoral. Eso si, yo votaría por un par de vueltas como en Estados Unidos o Francia, de manera que ya que nuestro adjunto reacciona de legislatura en legislatura, al menos que la campaña, dure algo más.

jueves, 21 de febrero de 2008

DECISIONES SIN TOMAR

Lengua de Trapo acaba de editar "Comet", novela ganadora del XI Premio Arte Joven de Novela de la Comunidad de Madrid. Su autor, Pablo Díez, plantea de nuevo el tema de las decisiones más importantes de nuestra vida, las que no llegamos a tomar.

El punto de arranque refleja una situación que estamos cansados de ver a nuestro alrededor. El treintañero atrapado en una vida relativamente cómoda que le ahoga cada día un poco más. Una relación de pareja agotada, un trabajo anodino y un futuro plano y gris. Y de repente, la posibilidad de un cambio radical, una ruptura completa y una promesa de vida plena al otro lado del océano si lo deja todo atrás.

Como sigue esta historia en realidad es lo de menos, lo que importa aquí es que posiblemente todos nos hayamos visto en una situación parecida en algún momento. Quizá no tan radicalmente, pero seguro que un modo u otro la vida nos ha puesto entre la espada y la pared. Unos, habrán tomado decisiones. Otros, habrán esperado a que la vida las tomara por ellos.

Siempre he admirado a aquellas personas que son capaces de echar a andar. Los que deciden dejar un trabajo cuando llegan al límite sin tener una garantía detrás. Los que son capaces de terminar con una relación agotada sin estirarla por miedo a la soledad. Los que comienzan una nueva aventura en una ciudad distinta solo por la necesidad de empezar. Son funambulistas de la vida. Personas seguras de sí mismas, tan conscientes de sus capacidades que no dudan ni un segundo a la hora de saltar. Y casi siempre caen de pié. Y no por suerte.

En el otro extremo, están los hombres y mujeres liana, que como Tarzán, saltan de un árbol a otro siempre amarrados a algo, colgados de la seguridad. Son personas que se aferran al trabajo que les da estabilidad, que antes dejar una cama ya han probado el calor de otra donde saben que les acogerán y que creen tener la certeza de como será su vida al menos veinte años más.

Son dos formas opuestas de afrontar cada día. Los que deciden y los que esperan para ver que pasará. Los que esperan sentados en la cuneta y los que se levantan y echan a andar.

miércoles, 20 de febrero de 2008

DESPUES DEL TEMPORAL


Recuperado del Síndrome de la Camisa Amarilla que le ha tenido unos meses de razzia por el mercado femenino de mediana edad, mi amigo vuelve a casa. No es el primero ni será el último que en plena crisis de los 50 da la campanada, se larga y vuelve al nido familiar después de unas semanas de mambo.

En uno de los post de este mismo blog, en el que cuestionábamos las segundas oportunidades, alguien hablaba de memoria y perdón. Pero yo creo que la guerra no es esa.

Uno, haciendo uso de la generosidad que se nos supone, puede perdonar lo que sea, e incluso en un ejercicio de reprogramación, llegar a olvidar lo ocurrido y empezar de nuevo como si nada hubiera pasado. El problema es que el perdón y el olvido suelen remitirse al momento en que él (o ella, en algunos casos) dio el portazo y se largó a otra cama, cuando en realidad, debería comenzar en el punto en que la relación llegó a estar tan deteriorada que cualquiera de los dos empezó a poner los ojos en otras posibilidades.

Cuando las cosas van bien, uno no necesita un rollo extraconyugal ni regar fuera del tiesto. Con lo que tiene en casa es más que suficiente para cubrir las necesidades emocionales y físicas, y al fin y al cabo se supone que se trata de amor. Cuando las cosas van mal, cualquier opción nos parece mejor que lo que tenemos al lado.

Pero una cosa es echar una cana al aire y otra cargarse una vida en común. Por eso me da la impresión de que cuando alguien llega al punto de hacer las maletas y acampar en otra casa, es porque la situación ha llegado al límite o simplemente, al final. Y si a estas circunstancias, a los problemas originales posiblemente enquistados, se suman la humillación y el dolor de un abandono y la aparición de una tercera persona aunque sea temporal… ¿Quién, por muy generoso que sea puede recuperar un mínimo equilibrio? ¿Es posible seguir como si nada hubiera ocurrido? ¿O solo es cuestión de tiempo que regrese el temporal?

lunes, 18 de febrero de 2008

LA TEORIA DEL CAOS


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Los matemáticos que estudian la teoría del caos acuñaron en un alarde de poesía la metáfora que se ha hecho célebre, según la cual el aleteo de una mariposa en cualquier lugar del mundo puede provocar un huracán en el otro extremo del planeta. La metáfora es real como la vida misma cuando se habla de relaciones humanas.

Escarlata cita a Erich Fromm en "El arte de amar" para recordarnos que el amor es sobre todas las cosas un acto de fe. FE en que la otra persona te corresponde, FE en que estará ahi para recogerte cuando decidas saltar, FE en que lo que te dice es cierto, FE en que lo que ves, es lo que hay. Sin embargo para llegar a este ejercicio de fe ciega e irracional que es el AMOR hay que recorrer un duro trecho y a veces, el camino ni siquiera tiene final. Y es precisamente al inicio de este camino cuando el efecto mariposa cobra un significado especial y deja ver, claramente, hasta que punto cualquier decisión precipitada puede provocar una hecatombe.

En teoría lo más sencillo sería hablar claro desde el principio: "Me interesas o no" "Estoy dispuesto a embarcarme en una historia con todas las consecuencias o simplemente busco un rollo" "Me gustas, pero ella me ha dejado hecho una mierda, asi que vas a ser solo una tirita hasta que mis heridas se curen" "No estás mal, pero no terminas de ser mi tipo, aunque como no encuentro nada mejor vas a ser mi hombre de transición". Y uno, con las cartas boca arriba, debería poder elegir si la propuesta le interesa o no.

Eso, digo, es la teoría porque en realidad, nos embarcamos en un mar de suposiciones, sobreentendidos y malentendidos que nos hacen pasar la mayor parte del dia jugando a los acertijos y las interpretaciones. Nos movemos en terrenos pantanosos en un momento en que además, la incertidumbre nos hace especialmente vulnerables. Si la otra parte no nos interesa, nos liberamos del tema sin preocupación, pero como nuestro oponente nos provoque cualquier tipo de reacción (física, emocional, sentimental), una palabra a destiempo, un comentario fuera de lugar, una llamada sin respuesta o un sms que tarda en entrar puede tener resultados catastróficos en ese momento de inseguridad.


Porque además, somos francamente patosos. Parece que todo nos corre prisa, que tiene que ser aqui y ahora, que no podemos esperar. Estamos especialmente susceptibles, dispuestos a sacar la artillería a la menor ocasión hayamos entrado o no en la guerra y para colmo, parece que el dia no tiene otro asunto de atención.


En fin, que mientras nosotros interpretamos palabras, actos o silencios, la mariposa del caos revolotea sobre nosotros. Que Dios nos coja confesaos.




37

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Entro en los 37 a lo grande, rindiendo homenaje al filósofo de Samos y manipulando el tiempo a mi antojo. Lo bueno de cumplir años es que una aprende a distinguir lo urgente de lo importante, en el trabajo y en la vida. Y casi todo lo urgente termina no siéndolo tanto cuando una se encuentra de frente con lo que de verdad importa.
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jueves, 14 de febrero de 2008

TELEFONOS MOVILES

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La Universidad Complutense acaba de publicar un estudio en el que relaciona el uso del teléfono móvil con la fase en que se encuentra una pareja. Cualquiera que me conozca sabe que a pesar de tener un curriculum académico decentillo con un puñadito de títulos, mi opinión sobre la universidad española y más en concreto en mi campo, la Comunicación, deja mucho que desear.

Estudios como éste ratifican mi impresión de que para perder tiempo y dinero público no hay nada mejor que un grupito de recién licenciados embarcados en la redacción de alguna tesis doctoral sobre asuntos tan profundos y trascendentales como el que nos ocupa.

Todos los que hemos vivido el histórico nacimiento del teléfono móvil sabemos que supuso una revolución en las relaciones personales. Se acabaron las tardes eternas haciendo guardia junto al teléfono por si el capullo de turno llamaba. Se acabó disimular delante de madres y abuelas imbuídas en el espíritu de la KGB. Se acabaron los sobornos al hermano pequeño para que cogiera bien los recados.

Sin embargo, como pasó con el tránsito de calimocho al gin tónic o de las camisetas reivindicativas a los bolsos de firma, la liberación de la esclavitud del teléfono fijo trajo consigo una adicción todavía más brutal. Nos hicimos yonkies de los sms. La posibilidad de comunicarnos instantaneamente, en tiempo real, acortó al máximo el margen de respuesta y nos sumió en un estado de ansiedad permanente. Que tire la primera piedra el que NUNCA (he dicho NUNCA) ha mirado veinte veces seguidas el móvil en cuatro minutos por si se le había pasado el aviso de mensaje.

De esta forma, al igual que la historia de las dinastías egipcias se narraba en las tumbas reales, la historia de cualquier pareja se refleja hoy en el historial del teléfono móvil, hasta el punto que pueden determinarse tres fases clarísimas.

En una primera, la del enamoramiento modorro, el teléfono hierve. SMS cursis a cualquier hora, llamaditas a destiempo, correos electrónicos si al menos uno gasta blackberry... y el móvil adosado al cuerpo como si fuera una verruga. En estos tiempos de amor modorro, lo que digas no importa, lo que cuenta es llamar. Llamar mucho, llamar a todas horas, que cada uno sepa que el otro está ahi y no tiene cabeza para nada más que no sea usar el móvil. Olvidarlo en el coche dispara los niveles de ansiedad y un despiste por pequeño que sea, a la hora de enviar la respuesta provoca una hecatombe descomunal.

En una segunda fase, la del amor doméstico, el tema se tranquiliza. El móvil se usa pero a efectos prácticos ("Cariño, llevo media hora esperando" "Puedes comprar tú el pan" "Llegaré tarde. Voy a echar una caña con los amigos") y la factura de teléfono baja sensiblemente para los dos.

En la tercera y definitiva, el móvil se queda mudo. Ya no hay nada que decirse, ni siquiera para discutir. Hasta que de repente, el de uno de los dos, recobra repentinamente la vida. Suena a cualquier hora, saltan los mensajes de madrugada y el aparato vuelve a transformarse en una suerte de extensión corporal. Tarde o temprano, aparece el factor amante. El culpable se aferra al móvil como si le fuera la vida en ello (y de hecho le va), dispuesto a dejarse matar antes que confesar lo obvio o mostar las pruebas que oculta el aparatillo.

La historia comienza de nuevo. Con otros protagonistas, con otros escenarios, pero igual.
¿Y para contar esto, que todos hemos vivido, hace falta una tesis doctoral?