jueves, 30 de octubre de 2008

CAMBIOS


Pues parecerá una chorrada pero acabo de darme cuenta de que llevo un huevo de meses siendo felíz. Lo certifica un bote de Cola Cao intacto desde principios de año y el hecho de que los discos de Ismael Serrano llevan meses sin sonar. De hecho, no se ni donde los tengo. Es más, ni siquiera he comprado el último y me piré a Madrid sin ningún remordimiento de conciencia el día que tocaba en el Principal.

Lo cierto es que construímos nuestras vidas en base a pequeñas rutinas que nos parecen imprescindibles hasta que de repente, algo llega y las destroza. A veces, los cambios son radicales y traumáticos. Otras, simplemente ocurre que te levantas un día y ya no necesitas algo que hasta entonces te había parecido fundamental. Y simplemente, lo olvidas. Y sigues adelante.

Y en ese camino sucede que a veces aparece en tu vida una persona que vuelve a cambiarlo todo. Sin grandes alharacas, ni sobresaltos. Sin sustos ni dramas. Simplemente llega y te hace sentir que por fin estás en casa.

Los que me conocen saben que lo mío con las fechas es dramático. Que soy incapaz de recordar cumpleaños más allá que el mío y que lo de celebrar aniversarios me da mal rollo (mejor celebramos que hoy es hoy, que estás aquí y que celebramos estar juntos cada mañana y cada noche). Pero el caso es que FHMP cumple años mañana y esa puede ser una excusa como cualquier otra para reconocer que desde que apareció en mi vida, esta es infinitamente mejor.

Y aquí podría empezar una lista larguísima de los motivos por los que él es tan importante para mí y tantos meses después sigue siendo Fulanito Hasta el Momento Perfecto, pero la cuestión es que estoy segura de que a estas alturas los conoce de sobras, así que solo me queda destacar lo principal: Es una persona excepcional.

¡FELICIDADES QUERIDO!
QUE CUMPLAS MUCHOS MÁS.
Y QUE YO PUEDA CELEBRARLOS CONTIGO.

miércoles, 29 de octubre de 2008

FOSILES EN LA NEVERA


Hace algunas semanas en una incursión rutinaria en mi nevera, FHMP localizó camufladas tras una cesta de uvas negras varias cajas de bombones en distinta fase de petrificación. Como lector que es del Nacional Geographic, dedujo sin necesidad de pruebas de carbono 14 que cada muestra correspondía por antigüedad a una fase de mi vida pasada y por lo tanto, que eran regalos de sucesivos novios distintos.

Técnicamente, su deducción era cierta y no pude menos que darle la razón y admitir que conservaba aquellos fósiles de bombones por una cuestión puramente sentimental, entre otras cosas porque después de tanto tiempo no hay dentadura que pueda con ellos.

El caso es que, impulsado por su éxito deductivo este fin de semana decidió iniciar nuevas prospecciones en la nevera y los armarios de la cocina.

Llegados a este punto, es necesario explicar que nuestros conceptos sobre la intendencia gastronómica doméstica son radicalmente distintos. El, compra cada día lo que necesita y mantiene su nevera mas desierta que los Monegros una noche de enero con cierzo, mientras yo, que me aburro más haciendo la compra que leyendo a Punset, sigo fielmente el modelo “invasión extraterrestre todos al bunker” y arraso una vez al mes con todo lo que pillo en Mercadona.

Total, que aprovechando que tenía las manos ocupadas y no pude reaccinar a tiempo, se dedicó a sacar de la nevera y los armarios cosas caducadas, de paso que me sacaba a mi los colores.
Mientras acumulaba latas, sobres y más latas, yo intenté explicarle que la fecha de caducidad es un dato subjetivo y que hasta que el paquete no ande por el armario o su contenido se vuelva realmente irreconocible, se puede comer. Y más aún, que algunos productos como los platos precocinados (mmmmmm pollo tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiika mmmmmmmmmmm) garantizan precisamente que son comestibles si una vez pasada la fecha de caducidad siguen ahí sin haberse autodestruido automáticamente.

No coló.

Así que como se puso tan pesado intentando convencerme de que por culpa de personas sin conciencia social como yo habría cientos de técnicos de laboratorio mileuristas que se irían al paro al no tener que calcular caducidades, le prometí que vaciaría por completo la nevera y empezaría borrón y cuenta nueva.

Y aquí estoy. Comiendo combinaciones imposibles de cosas caducadas mientras las posibilidades se agotan cada vez más. Todavía no he llegado al punto de poder utilizar la frase gloriosa que el amigo Carlos aplica a las relaciones personales ("La falta de opciones, aclara las ideas"), pero sí estoy bordeando peligrosamente la delgada línea de la nueva cocina de autor combinando garbanzos de bote con piña en almibar y gambas congeladas. Claro, que siempre hay alguno que está peor que yo.


CHEMA: Receta de pulpo para época de crisis.

martes, 28 de octubre de 2008

¿SABES LO QUE QUIERES?


Justo cuando una colega, minutos antes de entrar en una reunión me confesaba que está embarazada de tres meses, llegaba a mi blackberry un correo electrónico confirmando el nacimiento de la niña de una amiga que repite en esto de la maternidad.

Desde entonces no hago más que ver carritos, bombos y niños de preescolar por todas partes.

Cuando una tiene mi edad, lleva la vida que yo llevo y arrastra un currículo sentimental con un par de rupturas radicales en pocos años, el asunto de la maternidad se vuelve más complicado que la salvación de los bancos hipotecarios en Estados Unidos. Miro alrededor y veo a mis amigas de la infancia casadas desde hace diez años, con un niño o dos correteando alrededor y un trabajo a media jornada o al menos, de jornada razonable y preestablecida que les permite quedar a tomar café o llevar a los niños al parque.

¿Me dan envidia? Pues no lo se, la verdad.

Si echo la vista atrás, a lo que han sido los últimos 20 años, pienso que repetiría día a día cada uno de los 7.300, con los aciertos y las cagadas, con las decisiones gloriosas y las catastróficas, con los hombres que quise que me acompañaran y con los que dejé en el camino, con las jornadas de 12 horas de trabajo y también con los días completos de relajo absoluto, con los viajes, los disgustos, los amigos y las decepciones.
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Si echo la vista atrás, no renuncio a ninguno de mis días con sus prisas, sus riesgos y la sensación perenne de falta de tiempo y recuerdo como mi ex siempre ha asegurado con cariño que la crisis es mi estado natural.
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Si echo la vista atrás, debo confesar que hubo un par de momentos radicalmente distintos en que me habría gustado ser madre. En uno de ellos, la persona era la adecuada, la situación no. En el otro, mi angel de la guarda me soltó un sopapo antes de permitirme meterme en el mayor charco de mi vida.
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Y ahora, cuando cada año que paso me acerco más a los 40, cuando vivo rodeada de niños y proyectos, cuando las revistas no hacen más que recordarme que se me pasa el arroz, me paro y me pregunto "¿Sabes lo que quieres?". Y sinceramente, solo puedo respondeme "Todavía no".

lunes, 27 de octubre de 2008

EFECTOS SECUNDARIOS


Cuando era niña y remoloneaba para no ir al colegio mi abuelo Mateo siempre decía lo mismo.

"Tu no sabes lo que tienes. Cuando yo tenía tu edad, me sacaron del colegio para que fuera pastor. Pasaba muchísimo frío en el monte y más que frío, miedo, pensando que en cualquier momento aparecería un lobo o un jabalí y se lanzaría contra el rebaño. No tienes derecho a quejarte. No sabes lo que tienes."

Con el paso del tiempo y en apenas dos generaciones, hemos olvidado demasiadas cosas. Los que nacimos en los 70 fuimos hijos de las vacas gordas, retoños de padres que todavía habían conocido el hambre en sus primero años y querían para nosotros lo mejor. Tuvimos bicicleta, fuimos de vacaciones, pasamos veranos en Londres y pudimos elegir nuestra universidad. Tarde o temprano conseguimos un trabajo decente y nos embarcamos en una hipoteca que hace diez años todavía era razonable. Nos fuimos a vivir con el novio del instituto y con los sueldos de los dos, pudimos viajar por el extranjero, comprar los últimos caprichos tecnológicos y olvidar por completo como se hacen una lentejas de verdad.

Los abuelos que habían vivido una posguerra fueron muriendo o subiéndose al carro del INSERSO en Benidorm y nuestros padres, al vernos colocados, dejaron de ahorrar como hormiguitas para darse los caprichos que durante 60 años se habían negado.

Y entonces, llegó la crisis.

Una crisis que se prevé tremenda y lo será, en gran parte porque también nosotros hace tiempo que perdimos la medida de las cosas. ¿De verdad son necesarios 23 pares de zapatos de invierno? ¿Pagar 300 euros por un teléfono móvil? ¿Cambiar de coche cada cinco años?

En los últimos tiempos habíamos olvidado lo que nuestros abuelos intentaron enseñarnos para, a cambio, asumir que nuestra forma de vida era la "normal", que lo de ahorrar era cosa de viejos y que las vacas siempre serían gordas. Viajábamos por países pobres y veíamos mendigos en las calles de Calcuta o prostitutas casi niñas ateridas de frío frente a los hoteles de Moscú y pensábamos que a nosotros nunca nos llegaría algo así.

En estos días en que se habla de que un grupo de científicos ha descubierto la molécula del olvido, no puedo dejar de pensar que en los últimos años la hemos cultivado como nunca. Lo malo que tiene la buena vida es que uno se acostumbra a ella con demasiada facilidad y que nos hace bajar las defensas de la prudencia y dejar de percibir esos otros efectos secundarios hasta que, en muchas ocasiones, es ya demasiado tarde.

viernes, 24 de octubre de 2008

HOMBRES

Estoy empezando a pensar que las que aseguraban que en realidad el catálogo de tipos de hombres se limita a cuatro o cinco modelos que se repiten continuamente con ligeras variantes, tienen razón.

No hablo, claro está, del aspecto físico que para eso afortunadamente hay muchisimas diferencias, sino de la manera en que afrontan sus relaciones. Por lo que he visto hasta ahora y lo que me han contado las amigas, los hombres básicamente pertenecen a una de las siguientes categorías: Los que lo dan todo por supuesto, los que piensan que con estar ahí es suficiente, los egoistas integrales, los eternos indecisos y finalmente, los que son capaces de hablar, aunque en realidad los ejemplares de esta última categoría son como el Yeti o el Monstruo del Lago Ness, que dicen que existen, pero en realidad, muy pocos los han visto.

Los que lo dan todo por supuesto son aquellos que están ahi porque hay que estar. Fueron al colegio, buscaron un trabajo y una buena chica en el barrio y se casaron a lo grande en la parroquia de toda la vida. Veranean en la playa, comen un domingo en casa de los padres y al siguiente en la de los suegros, cambian de coche cada seis años y pasan los cinco anteriores pensando cual van a comprar. Si hay suerte y no se cruza una tercera persona envejecerán juntos en un clima de perfecto aburrimiento doméstico y no serán felices ni infelices porque nunca se lo plantearán.

Los que piensan que con estar ahí es suficiente gustan casi más a las suegras que a las hijas. Tienen un aspecto agradable, carrera universitaria y un buen trabajo. Son una apuesta sin riesgos, como el bolso de piel que va con todo o el little black dress. Fondo de armario. Nunca desentonan, jamás discuten, nunca molestan y corren el riesgo evidente de terminar siendo transparentes en tu vida.

Los indecisos son la reencarnación de Peter Pan, niños eternos en el Pais de Nunca Jamás. No saben lo que quieren. Si te marchas no pueden vivir sin ti y si vuelves, se ahogan. Como niños que son preparan grandes bienvenidas y aún mejores despedidas. Con ellos pasas de la risa al llanto, de a necesidad al olvido, del amor al odio sin transición. En el mejor de los casos, Wendy reacciona a tiempo, se sube al carro del tipo normal y evita convertirse en una nueva Campanilla atrapada para siempre en un mundo irreal. Otras no tienen tanta suerte.

De los egoistas ni merece la pena hablar. Quien no ha conocido a alguno?


El último tipo, el más buscado, responde a aquellos hombres que no tienen miedo a hablar de lo que piensan o sienten. Son aquellos capaces de decir te quiero o he dejado de quererte. Los que no temen explicar lo que temen o desean. Los que entienden que a veces nos cansamos de intuir y necesitamos un tom tom certero que nos de datos para comprender por dónde discurre el camino. Pero como ya he dicho antes, de su existencia, solo hay algunos indicios. Aunque dicen que como las brujas en Galicia, haberlos, haylos.

Por cierto, a estas alturas alguno preguntará que pasa con nosotras. Supongo que esta clasificación también puede aplicarse a las mujeres, pero no lo se. Nunca me he liado con ninguna.

jueves, 23 de octubre de 2008

BENDITA MEMORIA



Lo cuentan hoy los periódicos, científicos del Brain and Behavior Discovery Institute (Georgia, Estados Unidos) y del Institute of Brain Functional Genomics de Shanghai (China) acaban de descubrir la molécula del olvido. Al parecer la memoria tiene una pequeña ventanita, un espacio concreto de tiempo en el que en algunas circunstancias, es capaz de borrar cualquier registro.


Sin tomar nada ni llegar a esos extremos creo que todos, de una manera u otra e inconscientemente seleccionamos nuestros recuerdos. Los que somos radicalmente optimistas tendemos a olvidar con facilidad aquello que nos hizo sufrir y al contrario, las personas que tienden a ver la vida negra desarrollan una capacidad pasmosa para memorizar agravios y malos ratos. Y supongo que todos, algunos más y otros menos, conservamos en el recuerdo esos momentos especiales de nuestra vida que mimamos para disfrutar cuando el cuerpo nos lo pide.


Sin embargo si hay algo que me gusta especialmente de la memoria es lo traviesa que suele ser, como es capaz de sorprendernos cuando menos lo esperamos recuperando una imagen a través de un olor, un lugar o una persona.


¿No os ha ocurrido nunca llegar a un sitio donde teneis la certeza de no haber estado jamás y sin embargo sentir que ya lo conocíais? ¿O pasear por la calle y pasar junto a una persona cuyo perfume nos lleva inmediatamente a otra que formó parte de nuestro pasado? ¿O que un olor de cocina os haga sentir por unos segundos como cuando tenías seis años frente a un plato de puré de verduras en el comedor escolar?


Anoche me comí las primeras mandarinas de la temporada.

Mi memoria me dijo que sabían a Navidad e inmediatamente se dispararon esos resortes que consiguen ponernos tiernos.

Yo no quiero moléculas ni pastillas. No quiero olvidar nada. Quiero seguir cargando con mi vida pasada, con lo bueno, con lo malo y que la memoria, de vez en cuando, me regale sorpresas así.


viernes, 17 de octubre de 2008

DIME CON QUIEN SALES...



Buceando por la red he encontrado esta tira, genial como siempre, de Maitena. Después del rollo post feminista que os solté hace unos días y que tantas adhesiones ha conseguido, me ha hecho pensar que en el fondo, no deja de ser cierto y que en algunos círculos, nuestra pareja termina de dibujar la imagen que los demás tienen de nosotros.

Pegar. Esa es la palabra mágica.

Blancanieves y la Bella Durmiente terminan el cuento con su príncipe perfecto. Barbie tiene a Ken y Nancy, a Lucas. Los herederos de grandes fortunas se casan entre ellos, la gente guapa tiende a salir con gente guapa (bueno, excepto en mi caso, que siempre he salido con tipos infinitamente mas guapos que yo. Vamos, que precisamente soy la excepción que confirma la regla) y las chonis de barrio se casan de blanco y por la iglesia con el macarra del portal de al lado.

¿Pero que pasa cuando alguien pretende romper lo "politicamente correcto"? ¿Cuando un profesor universitario termina liado con su asistenta que no llegó a sacarse la primaria, cuando una mujer de cuarenta y tantos se trae un caribeño de apenas veinte o cuando un hombre más que atractivo se enamora de una mujer que no responde a los cánones estéticos preestablecidos? Y no solo aman, sino que alardean de ello, muestran su amor sin reparos y se ríen en la cara de aquellos que cuentionan sus decisiones.

Olé por ellos. Porque a veces hay que tenes muchos huevos para sacar los pies del tiesto. Y porque estoy segura de que por cada uno que los saca, hay muchos más que se resignan a una vida sentimental mediocre o inexistente por pura cobardía. Porque lo único cierto del amor es que uno nunca sabe por dónde va a pegarle. Y a veces, llueven hostias donde menos te lo esperas.

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jueves, 16 de octubre de 2008

SERVICIO PUBLICO

Mi jefa me regala dos pases VIP para Montmeló y como mis planes para este fin de semana andan en el otro extremo del mapa se los ofrezco a mi hermano, que vive en Barcelona pero trabaja en Madrid.

Quedamos en que se los envío por correo y con los pases en un sobre me acerco a la hora de comer a la oficina de Correos que hay en el Hipercor junto a mi casa.

Son las tres y media de la tarde y tras el mostrador, tres señoras permanecen enfrascadas en una pantalla de ordenador, una pila de cartas y un sello de caucho respectivamente, mientras un par de clientes esperamos pacientemente haciendo todos los ruidos posibles que ellas, por supuesto, ignoran.

Por fin, una de ellas se percata de nuestra existencia y tiene a bien acercarse al mostrador.

ELLA. Mmmmmmmmmmmmmm
YO. Buenas, querría enviar esta carta urgente a Barcelona.
ELLA. Lo más rápido es Postal Express. Nueve euros con cincuenta.
YO. Hostias! Mil seiscientas pelas por mandar un sobre a Barcelona?
ELLA. Mmmmmmmmmmmmmm
YO. Que otras opciones hay?
ELLA. Puede mandarlo urgente, pero no es seguro que llegue.
YO. Como que no es seguro que llegue?
ELLA. Pues eso, que puede llegar o puede perderse.
YO. Y hay alguna forma de asegurarme que llega?
ELLA. M mmmmmmmmmmmmm
YO. M mmmmmmmmmmmmm
ELLA: Puede certificarla.
YO. Vale
ELLA: Certificada urgente, son cuatro con sesenta.
YO. Certificada y urgente me asegura que antes del viernes llega a Barcelona?
ELLA: A Barcelona si. Al destinatario no.
YO: Perdón?
ELLA: Claro, si no está en casa cuando llegue el cartero, le dejará un aviso y el destinatario tendrá que ir a buscarlo a la oficina más cercana, en horario de nueve a ocho de lunes a viernes y de nueve a una los sábados.
YO. Y si el destinatario no puede ir en persona?
ELLA. Tiene que mandar a otra persona con un permiso firmado y fotocopia del DNI.
YO. Hostias.
ELLA. Mmmmmmmmmmmmmm
YO. Pues nada, la mandaremos solo urgente y confiaremos en la suerte.
ELLA. Urgente. Son dos noventa. Este es el resguardo. Pero aunque lleve código de barras no sirve para nada, solo para que usted sepa que ha enviado la carta. Si no llega, no puede reclamar.
YO. Hostias.

Total, que la mandé urgente. Y con los siete euros que me he ahorrado le he comprado un cirio a la virgen del Pilar al que le he pegado el código de barras del resguardo. A ver si con su intercesión, la puñetera carta llega.

miércoles, 15 de octubre de 2008

martes, 14 de octubre de 2008

LOS OJOS DEL MIEDO


Ha sido hoy, en los diez minutos de mini siesta que me regalo en el sofá los días que como en casa, cuando zapeando entre culebrones y bodrio-programas de desechos, me he topado en la CNN con un documental de imágenes históricas sobre la batalla de Stalingrado.

Todos sabemos lo que fue Stalingrado, los miles y miles de civiles y militares que murieron en la batalla más terrible de la historia de la humanidad, la que supuso el principio del fin de Hitler, la que legó héroes para el cine y la historia militar. Todos hemos visto las películas y las imágenes de la ciudad en ruinas, pero casi nunca se nos había permitido acercarnos a las víctimas anónimas.

Sin narrador, con música de recurso y apenas unas cifras sobreimpresionadas en la pantalla, la película era tan aterradora que llevo toda la tarde con ella en la cabeza. No mostraba sangre, ni bombardeos, ni grandes masacres. Solo rostros de soldados de ambos bandos, soviéticos y alemanes, ateridos de frío y miedo, cubriendose a duras penas con gorros y capas en un paisaje cubierto de nieve sin piedad. Algunos sufren ya los efectos de las congelaciones, patentes en narices deformes y mejillas quemadas y otros, esperan sentados en las trincheras sin reparar en que el se sienta ha su lado, ya está muerto. El encuadre se abre de vez en cuando para ofrecer planos generales de grupos de soldados avanzando penosamente en la ventisca. Algunos han intentado protegerse los pies atando a sus botas trozos de tela o incluso maderos que les hacen caminar todavia más torpemente. Queda la duda, al verlos, si caminan hacia algún punto concreto o simplemente andan intentando evitar morir congelados.

Los que no murieron en Stalingrado, lo harían poco después. Los alemanes en campos de concetración en Siberia. Los soviéticos, en otras batallas o años después en algun gulag, víctimas de las purgas de Stalin. Pero vencedores o vencidos, hay algo que los iguala a todos.

La desesperanza y el miedo que asoma a sus ojos.

El saber que el infierno no puede ser peor que lo que tienen alrededor.

La certeza de que la muerte será, por fin, un descanso.

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