
Será una casualidad o una epidemia, pero últimamente me llueven historias tristes de parejas conocidas que deciden poner punto y final a sus relaciones. En varias hay hijos de por medio, problemas económicos y sobre todo, desgaste de convivencia. En algunas, también, la constatación de que aquella impresión del principio “estos no duran dos días”, se cumple.
Por experiencia se que cuando uno se enamora de verdad, ya pueden ponerle muros enfrente que los salta todos. Caiga quien caiga. Aunque seas el primero en caer. Y así nos va. Pululamos por el mundo protegidos tras unas gafas de color pastel que transforman la realidad y sobre todo a la persona que tenemos al lado a nuestra conveniencia. Y aunque los amigos nos adviertan de aquello que no llegamos a ver, también estamos sordos.
Una prestigiosa abogada matrimonialista, pionera en España, me contaba una vez que por ella, todos los matrimonios que se contraen por amor deberían ser declarados nulos, puesto que el amor nos anula las facultades mentales. Quizá tenga razón. Pero ahí que seguimos.
Y a pesar de saberlo no deja de ser doloroso ver como amigos que pusieron todo su empeño en una historia de amor terminan naufragando. Y en el desastre no solo sucumben emociones y esperanzas sino a veces, y esto es peor, niños inocentes, hipotecas a medias y cargas que habrán de arrastrar toda la vida.


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