martes, 22 de junio de 2010

PEREZA


Publicaba un suplemento de la Vanguardia este fin de semana una curiosa interpretación del porqué del descenso del número de matrimonio en España en los últimos años. El autor no lo achacaba a la independencia económica de la mujer, ni a los cambios sociales, ni siquiera a la crisis económica. Según él, el número de matrimonios seguían descendiendo porque cada vez confiamos menos en que las relaciones sean "para toda la vida" y entonces, ¿para que casarse? ¿para que liarse la manta a la cabeza para organizar una boda y que en pocos años haya que ponerse de nuevo manos a la obra para organizar un divorcio?

Si esto fuera así, y sabiendo como sabemos que un porcentaje bestial de los matrimonios terminan en divorcio y las parejas en ruptura, ¿para que íbamos a molestarnos en empezar una relación con alguien si sabemos que saldrá mal? Pues porque en esto, como en tantas otras cosas de la vida, lo que importa no es llegar, sino disfrutar del camino. Y menudo camino.

Confieso que milito en el grupo de los enamorados del amor. Me encanta esa sensación de nervios en el estómago, de no dormir, de andar un metro sobre el suelo que nos provoca la primera fase de una relación. Me gusta descubrir lo que la otra persona tiene en común conmigo y también lo que es radicalmente nuevo y puede abrirme otras puertas. Por gustarme me gustan incluso la incertidumbre, las broncas y por supuesto, las reconciliaciones.

Y parecerá una chorrada después de dos años y medio pegados como un moco, pero cuando llegan las siete de la tarde, estoy ya loca por volver a casa y encontrar a FHMP. Aunque juegue la selección y no me haga ni caso, aunque ya no me mande una canción por correo electrónico cada mañana, aunque tenga la certeza de que él seguirá estando a mi lado mañana cuando me levante... aunque todo eso sea así, después de un día sin verlo tengo la necesidad física de tocarlo. Y cuando la historia termine intentaré guardar lo mejor de este tiempo de felicidad constante, de ternura y de besos.

Nunca he tenido intención de casarme. No me gustan los circos ni tengo la necesidad de quedar bien con nadie. Mis historias de amor son personales y las celebraciones, cotidianas. Respeto a los que se casan y también a los que se divorcian. ¿Una cuestión de pereza? No lo tengo yo tan claro. Quizá solo sea que los tiempos de verdad están cambiando y que cada uno vive sus historias de amor como creer que debe vivirlas.

3 comentarios:

Urkatu dijo...

Es cierto que cada día tenemos menos interés en estar al lado de una persona. A veces incluso, he llegado a pensar que no es cuestión de amor sino de colección. Sólo importa "cuánto" y no "cómo".

Por otro lado, siempre quedará la gente que si le gusten las bodas... y espérate, que quizás vuelva a ponerse en auge, por eso de que todo es cíclico.

Anónimo dijo...

da gusto ver a gente asi... enhorabuena!

Francesca dijo...

Yo me casé, convencida, por la Iglesia, porque lo otro para mí no es más que un papel y ésto era una promesa, una bendición... pero nada te asegura que convencida, creyente y enamorada las cosas sigan como poco igual, y ahora ... si volviera para atrás... las cosas han cambiado tanto, yo he cambiado tanto...