martes, 5 de agosto de 2008

MI ABUELO MATEO

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Hoy hace dos años que murió mi abuelo.

Dicho así puede parecer una chorrada (sobre todo a mi edad), pero aunque parezca increible, a mis entonces 35 años, era la primera vez que me enfrentaba con la muerte cara a cara.

En realidad el abuelo había empezado a morirse meses antes, cuando un derrame cerebral al que seguirían muchos otros, fueron minando esas ganas tremendas de vivir que conservaba después de más de 80 años de vida que no había sido ni mucho menos fácil. Siempre recordaré aquella tarde al salir de casa, tan elegante, con su abrigo gris y su sombrero y la llamada del hospital apenas dos horas más tarde. A partir de entonces, cada nuevo ataque recortaba un poquito más esa vitalidad que él se resistía a dejar escapar a fuerza de ser, como siempre había sido, un hombre muy tozudo.

No recuerdo en que momento de mi vida, dejó de ser Yayo para pasar a ser el abuelo Mateo, pero si recuerdo que nos llevaba al colegio en bicicleta así cayeran chuzos de punta. Yo, sentada detrás de aquel trasto verde que entonces ya era viejo y mi hermano Miguel delante, en un sillín de madera atornillado a la barra de la bici. Uno de sus inventos...

Unas navidades, justo el último día de clase antes de las vacaciones vino a buscarme después de comer, justo a la hora en que debía ir al colegio. Yo tendría nueve o diez años y fumarme una clase para ir por ahí con el abuelo era algo parecido a pisar por primera vez la luna. Me llevó a una librería en la calle Bellido y pasamos horas y horas mirando libros de mapas y viajes hasta que encontramos el que sería mi regalo de Navidad. Un atlas que miraríamos cientos de veces juntos buscando el país del que hablaban las noticias del telediario.

Muchos años después, de estudiante en Salamanca, me recortaba plantillas en trozos de muestrarios de moqueta de las tiendas de decoración para las botas. Nunca he vuelto a llevar los pies tan calientes. Lo recordaba al sentir el frío de las noches que pasé con el en el hospital, leyendo, escribiendo, pensando en lo que es la vida y en como se nos escapa entre los dedos.

La muerte de mi abuelo fue una pérdida terrible, no solo porque nos dejó, sino porque se llevó con él la confianza que yo había puesto en el que pensé que era el amor de mi vida. La historia es tan cutre que se cuenta en una frase. Cuando supo su muerte, solo fue capaz de enviarme un sms. Mi ex, que estaba también a varios cientos de kilómetros, cogió el coche inmediatamente para estar conmigo en el tanatorio, en el funeral, donde hizo falta.

A partir de entonces ya nada fue igual. Supongo que hay golpes de los que ya no te recuperas. A mi abuelo lo enterramos con el atlas que me compró aquellas navidades y pocos meses después aquella historia terminó para siempre. Parecerá una tontería pero quiero pensar que eso es algo que también le debo al abuelo Mateo, haberme abierto los ojos definitivamente respecto a alguien que nunca estuvo a la altura de las circunstancias. Y ese es un regalo que le agradeceré de por vida.

Se que esta historia es demasiado personal para colgarla aqui, pero quiero que sea un homenaje a un hombre que nunca dejó de enseñarnos a sus hijos, a sus nietos, que las buenas personas siguen con nosotros para siempre.

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3 comentarios:

Lupita dijo...

Hola María, acabo de regresar y leyendo esta entrada he de decir que me he sentido pero que muy identificada, porque mi abuelo (no Mateo sino Paco) también era un hombre excepcional con el que me sentía muy unida. Falleció estando conmigo, y nunca podré olvidarlo. Cuatro años después me emociono al hablar de él. Nunca la muerte me cogió tan de cerca...
Por cierto mi pareja de entonces me dejó justo después dejándome sumida en un gran desamparo durante mucho tiempo... créeme que me siento, como te decía al principio, muy identificada, así que te envío un abrazo y una sonrisa enorme.
Besos

Anónimo dijo...

Hola:
He llegado aquí a través del blog de un amigo, he leído esta entrada y... bueno, no puedo resistirme a escribir algo, naturalmente, en relación y en memoria de mi abuelo: Luciano. De la quinta del biberón, arrugado y moreno, con restos de pólvora bajo la piel, aunque no de la guerra, sino de los barrenos de las minas de Escucha. Grande y fuerte, con unos ojos profundos y una afición al vino que sólo los achaques le pudieron quitar; del todo, eso sí.
Y para mí también fue la primera vez que veía la muerte, cercana al menos.
En fin, imagino que es algo relativamente poco elegante servirse del blog y los recuerdos de alguien, del homenaje ajeno, para rendir el propio (aunque en su momento, con mi abuelo en vida, de forma que lo pudiese leer, publiqué un textillo también de homenaje), pero... inevitable decir, exteriorizar, mi orgullo, mi amor y mi recuerdo de mi abuelo Luciano, así, hecho un toro y no atravesado por la aguja del gotero.
Gracias por el espacio.
Gracias por haber sido mi abuelo.
Paco

Maria de Mave dijo...

Hola Lupita. Gracias por tu post. Dicen que las desgracias nunca vienen solas y hay veces que la vida se empeña en demostrárnoslo. A mi me queda el recuerdo que en parte he compartido con vosotros y la certeza de saber que el tiempo lo pone todo en su sitio. Un abrazo.

Hola Paco y gracias por colgar tu recuerdo de mi blog. Te parecerá una tontería, pero al leerlo, he vuelto a las minas de Escucha como las conocí la primera vez, una mañana heladora de febrero, desiertas ya y con la sensación del tiempo detenido y del frio calando los huesos... Gracias.