martes, 16 de septiembre de 2008

TOCAR LA FLAUTA



FHMP volvió ayer al gimnasio con el firme propósito de tomárselo en serio tras ocho meses de desmadre. Los ocho meses que lleva saliendo conmigo, claro.

Yo no.

Yo me di una vuelta por Zara a ver que había, limpié un poco en casa, me metí en la cama a las diez y media y me di un atracón de Paul Auster. En resumen, recuperé mi vida normal.

Es curioso como cosas que para unos pueden ser un placer para otros resultan una auténtica tortura. El deporte, el fútbol en televisión, la ópera, salir al monte... Ahora mismo, bajo la ventana de mi despacho no dejan de pasar aficionados al footing luchando contra el cierzo que pega fuerte aquí en el valle del Ebro.

Cuando yo era cría odiaba con todas mis fuerzas las clases de música en el colegio de monjas. Tanto que mi mente se cerró en banda y pasé ocho cursos sin conseguir arrancar ni una sola nota a aquella flauta de plástico con funda de ganchillo verde que a la salida de clase usábamos para batear las bolas de nieve. Solo había una cosa que aborrecía casi más, las clases de gimnasia para niñas que impartía martes y jueves una antigua militante de la Sección Femenina con falda de cuero y chaqueta de chandall. Pasábamos aquellas clases corriendo los cien metros en la calle junto al colegio los dias de primavera e intentado emular a Nadia Comaneci con una ridículas cintitas de raso rosa cuando llovía.

Un día al volver del colegio mi padre me preguntó si había pensado que quería ser de mayor. Yo le contesté que quería trabajar con libros y antiguedades, ser arqueóloga, viajar por todo el mundo y escribir novelas de egipcios. No se si fue una decisión práctica o una maniobra para ver si se me iba la tontería de la cabeza, pero me compró una Olivetti y me envió a clases de mecanografía. La Olivetti pesaba más que yo y las clases las impartía la mujer de un policía nacional que antes de casarse había sido secretaria.

En aquel salón oscuro de piso de alquiler sin apenas muebles, nos sentábamos tres tardes a la semana la mujer del policía, una chica morena con granos en la cara que intercambiaba confidencias con ella y yo. Y pasábamos un hora aporreando aquella Olivetti durísima que todavía debe andar por casa.

Un buen día, la chica morena con granos en la cara no volvió a aparecer. Poco después llegó el verano y terminaron las clases. Para navidad la chica morena con granos tuvo un bebé y se casó con un novio extremeño que conoció haciendo la mili. A la mujer del policía, nunca la volví a ver.

Ahora, 25 años después, sigo siendo incapaz de apretar la ñ con el meñique, asi que la evito cambiando la palabra siempre que es posible. Y sigo sin saber tocar la flauta.



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3 comentarios:

Lupita dijo...

Los tiempos han cambiado ¿verdad? Yo recuerdo que en mi infancia muchas de mis compañeras de clase iban a clases de "máquina" (mecanografía)... A mí nunca me apuntaron y ahora no hay quien me despegue del ordenador ¿será un trauma infantil por lo que no tuve en esa edad?

Rocketon dijo...

Pues yo recuerdo que me llevaba la flauta hasta al baño. Claro, que hacía lo mismo con la guitarra, el bajo...
Para gustos, oye.
Salud, periodista.

Maria de Mave dijo...

Siiiiiiiiiiiiiiiii, Lupita. A "máquina", nosotros lo decíamos igual, mientras cargabamos con la máquina cada tarde.

Rocketón, habría que verte, tocando la guitarra en el baño... Si hay foto, cuelgalá en tu blog, anda...